jueves 7 de abril de 2011

¿Sabes de lo que te hablo?

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Claro que lo sabes, y la tremenda putada que resulta. Hablas con ella, te sientes genial y ¡puf! La jodiste. Te has quedado prendado, no hay escapatoria.

Con el tiempo os haréis haciendo amigos. Se irán sucediendo los momentos, las anécdotas, las fotografías y las confidencias. Será un proceso imparable. Coincidirás con su familia y su novio, todo muy cordial, pero por dentro tu alma se retorcerá en pena.

Hay quien dirá que la chica es normalita, pero ni puta idea: ellos no la ven por tus ojos. Ella es perfecta, angelical, todo lo que siempre quisiste y mucho, mucho más. Nunca te cansarás de escucharla, de mirarla, de pensar en ella. Nunca.

Pero estás jodido, porque en eso quedará la cosa. Y ten cuidado, porque el amor si se queda sólo en ti, cuaja, y se transformará en obsesión. Pero tú sabes que no es fácil, no es el miedo a ser rechazado ni lo difícil de la situación. Es que si osas hacer un movimiento arriesgado, abres la caja de Pandora. Porque sabes que lo vuestro no es posible y creará una situación incómoda para todos.

Y todos, los muy cabrones, lo saben. Todos los que han estado una vez con vosotros, lo saben. Y ella no lo sabe, pero sí. Se debate entre hacerte caso y la sueca. Menudo papelón para semejante teatrillo.

¿Y tú, qué haces? Mandas pistas. Perdiendo a veces la sutileza necesaria, realizas gestos de amigo que rayan la sospecha. Tu corazón es una pista de aterrizaje, tú el operario incansable que realiza aspavientos hasta tener agujetas y ella el avión que no se atreve a tomar tierra.

Lo peor es que esto no te ha pasado sólo a ti. Ni tampoco a mí. Ni soy el primero que escribo sobre el tema ni de la manera más original. Los humanos somos más repetitivos y previsibles que las tramas de los telefilmes de domingo.

No te voy a pedir que lo intentes, porque sabemos que no valdrá la pena... o inténtalo si quieres, pero esto es la vida real, perra y puta como pocas. Lo único que puedo escribir es que esperes, porque tal vez y sólo tal vez, el azar querrá acabar con tu sufrimiento. O tal vez no, ¿sabes de lo que te hablo?

martes 24 de agosto de 2010

Frío y calor

Mi padre ya me lo había dicho una vez: "Puedes decir cualquier cosa, sentimiento, animalada. Gritar a los cuatro vientos algo, por muy fuerte que sea. Pero guárdate de lo que dejes por escrito. Ahí, hijo, quedará grabado y tiempo después al recordar lo que escribiste, puede llegar a hacerte daño". Mi padre no acostumbra a darme consejos, y mucho menos de este calibre, por lo que mi mente lo retendrá para toda mi vida.

No sabía muy bien dónde escribir estos pensamientos (tal vez mejor en mi otro blog actual y no en este que, aunque intimista, es de relatos), ni si tan siquiera si debía escribirlos, aunque algo me decía que sí, a modo confesión que alguien acabará leyendo cuando acabe de rebote en este blog abandonado.

Echo de menos las cartas escritas a puño y letra, con las imperfecciones y virtudes de cada persona. Sin posibilidad del botón de 'Retroceso', observando las faltas de ortografía y los tachones, remarcando la personalidad de la persona a la que estás leyendo. Echo de menos lo más personal de cada individuo, más allá de sus pensamientos, cómo los plasma incluso en su grafía, y no con este escaparate de fuentes que travisten la propia e intransferible.

La sorpresa de recibir una carta, los nervios de abrir el sobre y descubrir que te están escribiendo a ti. Sí, a ti. No es un texto que puedes pescar por la Red y te puedes identificar, no, es un texto dirigido a ti: amándote, estimándote, recordándote, mandándote a la mierda. Cuando una carta sea odiada, es más reconfortante sentir como las llamas consumen la tinta y el papel que en un monitor aparezca una bandeja de correo vacía. Las cartas dan calor. Un fogonazo de calor que te recorre el cuerpo. Un calor bastante alejado al que sientes cuando apoyas la base de tu portátil de las piernas, este es un calor bonito, que te emociona.

Guárdate de lo que escribas... o no. Simplemente, no dejes de escribir.

sábado 5 de junio de 2010

La IDEA

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De repente, le había llegado la IDEA. No una idea cualquiera, o una idea brillantísima. Era simplemente la IDEA, así, en mayúsculas. No tenía tiempo que perder, tenía que correr rápido a apuntarla en algún sitio, para que no se perdiese en la maraña mental que tenía en la cabeza.

Suena el teléfono.

- ¿Raimunde? Mira, non o podes esquecer, tes que entregar mañá os formularios sen falta. Non hai excusas que vallan, xa perdeches demasiado tempo. Todo ten que estar perfectamente cuberto e do contrario, vanche cortar as pelotas. Non estou de coña. Mañá ou nunca. Mira ó que che leva o teu comportamento... Aburiño.

El agobio comenzó a apoderarse de él. Pero bueno, todavía tenía la IDEa en mente. Ya no estaba toda en mayúsculas, pero aun así podía recuperar bastante de su esencia. Del cajón saca un papel en blanco.

Suena el teléfono.

- Rurru, cariño. Mira no lo olvides, tienes que ir a recoger a Raquel a la escuela. Ya sabes que yo estoy demasiado liada con lo del piso, o sea que por favor, cari, no te olvides. Acuérdate de hablar con el profesor de gimnasia, para luego no tener problemas. Un biquiño, cielo.

Las cargas se iban acumulando en su mente y la IDea comenzaba a menguar en su grandosidad. Pero no podía ser, tenía que rescatarla del olvido y aun estaba a tiempo de salvar algún mueble, aunque simplemente fuese una mesilla de noche. Coge un bolígrafo del lapicero.

Suena el teléfono.

- Rubén, tío, ¿a qué coño andas? No olvides que tenemos la quedada a la tarde. Y no me jodas con el rollo de que tienes curro o tienes que cuidar a la niña, que ya llevas posponiendo el encuentro y jodiendo al grupo. Tío, no olvides tus orígenes, no jodas. Venga, a cascarla.

La idea había perdido todas las mayúsculas. Rescató los restos que quedaban en su mente en el papel. No tenía nada que ver con lo que sonaba en principio en su cabeza. Pero no quedaba otra. Enrolló el papel, lo metió en la botella y lo arrojó al inmenso océano, en busca de unos ojos que le correspondiesen.

Al fin y al cabo, era un náufrago más.

domingo 14 de marzo de 2010

Estrellas

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Entré en la habitación. El frío inundaba el cuarto, procedente la ventana, abierta de par en par. Encendí la luz de la mesilla sin la intención de despertarlo. Sin embargo, entre las sábanas sólo había una nota. "Salí a atrapar una estrella". Me abrigué con la bata y me acerqué hasta la ventana. El cielo era todo un espectáculo, con solamente alzar la vista cualquiera quedaba hipnotizado. El firmamento salpicado de astros. Era una de esas noches despejadas que te despojan del egocentrismo y te despiertan de esta pequeña pesadilla ubicada en la Tierra.


Fue el momento en el que más envidia le tuve.