lunes 13 de octubre de 2008

La chica de la terraza

-





Como venía siendo habitual, me encontraba en la terraza de aquel viejo café madrileño tomándome un pequeño aperitivo con mis compañeros de trabajo. Conversábamos acerca del clima de nuestras respectivas provincias, de cómo en la capital nadie conoce a nadie y del poco calor humano que se respiraba en esos días.

De repente, todo se congeló para mí.

Una fuerza extraña, cautivadora, me había atrapado. No podía verlo, pero lo intuía: un rastro de humillo perfumado me atenazaba los párpados hasta que mis ojos pareciesen platos, me sellaba los labios como si de hilo se tratase. Completamente inmovilizado, con los brazos y las piernas amarradas. Y lo más importante: aquella fragancia entraba por mis fosas nasales inundando toda mi mente hasta quedar encerrada en una neblina interna de un color que no podía identificar.

A pesar de mi estado, pude dirigir las pupilas hacia la portadora de esa fragancia. Se trataba de una veinteañera, ojos oscuros, pelo largo, pequeña nariz y labios finos. Llevaba una carpeta y tenía toda la pinta de ser una estudiante universitaria, que se encontraba tomando una tapa con sus amigas en la terraza de al lado, acompañada de un aura perfumada que yo sólo podía vislumbrar.

Ese olor.

Hasta entonces, esa fragancia se encontraba en mi mente enterrada en muchas otras cosas que tenía en la cabeza. Desde que nos dejamos de ver, nunca más había llegado ese olor a mi nariz, lo que no quiere decir que no me viniera ella a la cabeza constantemente. Le perdí la pista y nunca más supe de ella. La colonia de la universitaria había actuado en mi cerebro como un microondas y los recuerdos saltaban como palomitas de maíz. Incluso en los que ella no estaba, pero su colonia la hacía presente en mi salón, en mi almohada.

Transcurrieron varios segundos hasta que no regresara en mente a la terraza, navegando en un mar de recuerdos con un pañuelo empapado en esa colonia como carta náutica. Lástima que nunca más volveré a encontrarme con ese destino ansiado, pues una vez que guardas el catalejo, difícilmente volverás a encontrar a quien deseas en este mar turbulento. Sólo quedan los apuntes del cuaderno de bitácora, de la travesía que he llevado hasta entonces.

Sólo queda ese perfume, que tanto me atormenta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

los calojos cunden

a veces de tanto mirar de dan una ostia en el otro extremo y te queda el ojo bonito...

:s

(uau, suena a amenaza)

R returns

Alba dijo...

ésa será nuestra historia cuando me abandones por Portugal y sus sirenas portuguesas.

En las terrazas, Ultraviolet te acompañará. Tenlo por seguro