
Día de Reyes. Como mi origen pagano me impide celebrar estos actos tradicionales, acudo al establecimiento de Don Gallo para recoger la reserva del Menú 1 (un pollo, una ración de patatas y una ensalada) más una ración de croquetas encargada por mi madre. El frío me sacude durante el trayecto y me vienen varios pensamientos a la cabeza, pero esto no tiene interés en cuanto a lo que quiero contaros.
En cuanto entré en el establecimiento, me adentré de golpe en un Universo conocido, pero que no era este. Era como si de repente entrando en una habitación Zafón me estampase contra la cara una de sus novelas, abierta de par en par. Resultaba imposible identificar cual de ellas sería, pero su golpe fue tan contundente que permitía reconocer su estilo.
Al principio intenté pellizcarme para saber si estaba soñando: no es la primera vez que mezclo cosas de mi vida personal o mi rutina diaria con elementos ficticios como la última serie de moda que estoy visionando o el último estreno que fui a ver al cine. Pero no, vaya, se trataba de algo real.
Allí el vaho no aparecía en los cristales, sino que los devoraba poco a poco mientras que bailaba al son de la música emitida por la salsa repitiqueante. El suelo no estaba pegajoso, sino que las baldosas besaban mis tenis con su saliva pringosa de comer los desperdicios agarrados al calzado de la clientela. Y mientras estas imágenes tan evocadoras sonaban en mi cabeza, los personajes del lugar (el pollero, su ayudante y los clientes), mantenían diálogos con un vocabulario anacrónico:
- Póngame un caldo de los suyos para chuparse los dedos, oiga, que me tiene a mis niños loquitos por sus huesos.
- Dispense, señora, que un servidor se encarga de que la parienta que tengo atrás haga una de sus obras de arte, que ni en el Museo del Prado pueden presumir de tanta perfección.
- ¡Escúchelo, escúchelo!- decía un señor del fondo- Anda, que este está hecho todo un calavera, póngame a mí unas costillas que tanta falta hacen en este día tan monárquico
- Faltaría más presumir de lo que aquí damos...¡que yo no tengo abuela! Y en cuanto a las costillas, sólo tengo estas que servidor lleva debajo de su manto epidérmico.
Personaje mundano yo, sin dejarme contaminar por esta atmósfera, soporté estos alegres diálogos durante cuarenta y cinco minutos, a pesar de tener el pollo reservado y acudir puntal a la hora fijada. Así me dieron mi entrega, me encargué de sacar la recortada de mi padre y disparar a todos los presentes. No para matarlos, válgame el atrevimiento, sino para dejarlos inconscientes el tiempo suficiente para marcharme tranquilamente con mi reserva y que luego vivieran para contarlo sin sufrir daños severos. Cuando llegaron la policía y la ambulancia, nadie de los presentes fue capaz de identificarme, puesto que estaban abstraídos con su cháchara animada y estaban más preocupados en seguir practicándola que en atrapar a "ese maleante de gatillo flojo que enfila contra cualquier persona de buena fe de nuestro querido barrio de las Conchiñas".
¿Y qué fue de mí? Bueno, me comí tres de aquellas croquetas, un poco de ensalada y algo de pollo con patatas. Tuvimos una apacible comida familiar hablando sobre la dificultad del empleo de mi madre y el de mi hermana. Mi padre se puso nervioso porque no encontraba su arma, pero esperé a dejársela en algún lugar escondida porque aun olía a bala y emitía calor. Y me prometí a mí mismo que, a menos que sea para evitar desgracias, nunca jamás volvería a disparar un arma.
Ni tan siquiera en un relato.

8 comentarios:
I've missed you :D
Tanto rollo para decir que estuviste en mi barrio?
P.D. Megusto mucho
P.D. La gente del don gallo habla asi, esta comprobao, yea.
qué?
Increíbles tus relatos! No me puedo quedar indiferente tras esta catastrófica narración... ¿Que hacer? Muy bueno.
POIERO
tío ñu que sólo actualiza su blog cuando le llueve
:(
ya te digo
menudo mamonazo
fillo de puta!
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