miércoles 10 de marzo de 2010

Pompas Fúnebres

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São Salvador da Bahia, 1957. El calor se impregnaba en todas las pieles, incluso en la de aquellos que se escondían en sus casas abanicándose con lo que podían. Atardecía, los más rezagados se quedaban en la playa con la puesta de Sol. El ambiente brasileño dejaba de ser agradable con semejantes temperaturas. Merodeando por las construcciones de madera pegadas a la playa para la estancia de turistas, se encontraba un vendedor llamando a cada una de las puertas. Comprobó en el papel si era el bloque de viviendas asignado para el turno del día y llamó al siguiente cliente. La puerta se abrió y se asomó un hombre blanquecino, de nariz ganchuda, gesto preocupado y superado por el calor.

- Opá, senhor! Uma tarde complicada, não é?

- Sim, sim...- asentía por inercia- ¿Qué es lo que quiere?

- Verá, senhor, tengo tudo tipo de productos refrescantes para un tiempo como este: sales de banho, jabón, gel, crema para as mãos, tonificante...

- Lo siento, no estoy interesado, con mi periódico me basta para refrescarme...

Como todo un profesional del márketing, el vendedor ya se había encargado de colocar estratégicamente el pie para impedir el cierre de la puerta. Tras un intento, el señor se preparaba para replicar, pero aun no se había dicho la última palabra.

- Senhor, a primeira proba é gratuíta.

El gesto le cambió. Abrió la puerta y permitió que el vendedor desplegase en su mesa todo su catálogo de productos. Cogió una pastilla de jabón entre el surtido colorido y le extendió el brazo.

- Senhor, aquí ten um invento revolucionario. Esta pastilla de jabón es capaz de refrescar al senhor durante horas y horas sin necesidad de remojarse de vez en cuando. Es el remedio definitivo contra a calor.

- Proba gratuíta, não é?

El vendedor asintió y le pasó el jabón al señor, que se dirigió hacia una pileta con un jarro de agua que tenía en el salón. El vendedor se quitó el sombrero de paja al que miró con una sonrisa y cambió de tono al hablar:

- A fin de cuentas, por muy amigo que fuese su padre Georg de los nazis, un judío sigue siendo un judío, não é?

Al señor se le resbaló la pastilla del jabón, y no hizo falta que empezase a frotarse las manos para notar el frío que le estaba recorriendo la espalda. Brotó una nueva oleada de sudor en su cuerpo encima de la reseca y ni siquiera hizo un intento por adoptar una posición de defensa.

- ¿Qué quieres de mí?- se limitó a preguntar el señor recogiendo la pastilla de jabón, intentando aparentar serenidad y control de la situación.

- No quiero nada, señor Kareski. Es muy, pero que muy feo ser un judío y llegar a colaborar con esos monstruos que se limitaron a exterminar a los nuestros. Y más que eso, refugiarse como ellos en estos sitios como si fuese un paraíso inmerecido a sus dementes planes, es más feo todavía. Pero no se preocupe, señor Kareski, yo he venido aquí a limpiar su imagen.

El vendedor lo miró con una amplia sonrisa. Kareski, consciente del juego de palabras entre la misión y el material que acompañaba ese hombre, quiso seguir con el divertimento:

- No hay nada que limpiar aquí. De hecho, quien quiera que usted sea, que sepa que yo no tuve nada que ver con esa matanza. Es más, ya ve, me lavo las manos.- dijo mientras chapoteaba con el agua enjabonada de la pileta.

- Me temo que sí, señor Kareski. Tuvo que ver desde el momento en que no hizo nada para luchar contra esos cerdos y llegó a permitir que su padre colaborase. Tiene que ver desde que ahora mismo no paga sus pecados, sino que se esconde en este sitio sin afrontar un castigo. Yo he venido a cobrar venganza. He volado desde Israel y paseado por media Europa vendiendo jabón a gente como usted, jabón especial, ¿sabe?

- ¿Y qué tiene de especial su jab...?- por segunda vez, brotó un sudor frío del cuerpo del señor Kareski. Cogió la pastilla de jabón y la observó bien, mientras los ojos del vendedor se encendían de ira.

- Exacto, señor Kareski. Jabón elaborado por Rudolph Spanner. Un poco sucio lavarse las manos con cadáveres judíos, ¿no?

En ese momento, el vendendor agarró por la cabeza a Kareski y se la hundió en la pileta. Intentando librarse, pero vencido por el miedo, el calor, el arrepentimiento y la culpa, Kareski se retorció un rato intentando liberarse, para quedar ahogado en la pileta de agua enjabonada. El vendendor cogió su sombrero, recogió el muestrario y devolvió el orden a la habitación. Limpiar era su cometido y así seguría siendo.