No sabía muy bien dónde escribir estos pensamientos (tal vez mejor en mi otro blog actual y no en este que, aunque intimista, es de relatos), ni si tan siquiera si debía escribirlos, aunque algo me decía que sí, a modo confesión que alguien acabará leyendo cuando acabe de rebote en este blog abandonado.
Echo de menos las cartas escritas a puño y letra, con las imperfecciones y virtudes de cada persona. Sin posibilidad del botón de 'Retroceso', observando las faltas de ortografía y los tachones, remarcando la personalidad de la persona a la que estás leyendo. Echo de menos lo más personal de cada individuo, más allá de sus pensamientos, cómo los plasma incluso en su grafía, y no con este escaparate de fuentes que travisten la propia e intransferible.
La sorpresa de recibir una carta, los nervios de abrir el sobre y descubrir que te están escribiendo a ti. Sí, a ti. No es un texto que puedes pescar por la Red y te puedes identificar, no, es un texto dirigido a ti: amándote, estimándote, recordándote, mandándote a la mierda. Cuando una carta sea odiada, es más reconfortante sentir como las llamas consumen la tinta y el papel que en un monitor aparezca una bandeja de correo vacía. Las cartas dan calor. Un fogonazo de calor que te recorre el cuerpo. Un calor bastante alejado al que sientes cuando apoyas la base de tu portátil de las piernas, este es un calor bonito, que te emociona.
Guárdate de lo que escribas... o no. Simplemente, no dejes de escribir.

1 comentarios:
Las facturan siguen llegando. ¿Esas siempre fueron a máquina?
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