
- Increíble… Esos infames y despreciables moros. No me lo puedo creer…
Hasta ese momento el hombre no se percató que sus hijos seguían en la mesa contemplado esa catástrofe televisada. Era un acto atroz no apto para todos los públicos.
- Venga, niños, marchaos de aquí, no podéis ver estas cosas.
Sin cuestionar las palabras de su padre, a pesar de la espectacularidad de las imágenes y la curiosidad infantil, los niños marcharon a sus habitaciones. El temor y el respeto que tenían a su padre era casi tan enorme como el atentado terrorista.
- ¿Te lo puedes creer? – comentaba el hombre a su esposa – Unos hijos de puta en nombre de a saber qué Dios de mierda matan a miles de personas en cuestión de minutos. No puede ser, qué mundo de mierda…
- No tienen nombre esos desgraciados…
- ¿Nombre? Te diré lo que son: unos monstruos. Unos monstruos que no sé qué derecho se creen que tienen para privar de su vida a tantas personas. Unos monstruos cobardes, que ojalá reciban su merecido, todo y cada uno de los organizadores de mierda…
De repente, el hombre sintió la excitación en su cuerpo. Algo crecía en su interior, y en el de sus calzoncillos. La ira lo ponía literalmente cachondo.
- No puedo ver esto más, voy a respirar aire fresco…
Se levantó de su asiento y salió a la calle. Respiraba aire fresco, feliz consciente de lo que haría a continuación. Un vecino, extrañado por las calles vacías, saludó a lo lejos:
- ¡Ey, Josef! ¿Qué pasa que no hay un alma en Amstetten?
- Mira la televisión, Hans, te vas a llevar una sorpresa… Nos vemos, que tengo que bajar al sótano.
Los pájaros cantaban en su nido. Era 11 de septiembre de 2001.
En Amstetten.

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